En busca de un buen jaque mate

Dicen que cuando uno ve jugar por primera vez al ajedrez, sólo pueden suceder dos cosas: quedar inmediatamente fascinado por él, o simplemente detestarlo para toda la vida. Siempre he pensado que esas frases tan absolutas no ayudan nada y que más bien traen a confusión, como si te obligaran a tomar partido por algo sólo porque alguien, en algún momento de su vida, las lanzó así al vuelo y otros estuvieron de acuerdo inmediatamente con ellas. Nada puede ser tan blanco o negro.

O al menos no lo ha sido en mi caso. Porque yo quede fascinado, sí, pero no porque me parezca un juego apasionante que uno puede estar horas enganchado a él, ya sea jugando o mirando; en realidad, tengo que admitir que alguna que otra vez he hecho trampa, y harto ya de tanto tiempo jugando, me he dejado ganar intencionadamente, porque mi mente ya necesitaba pasar a otra cosa. Lo siento, pero en mí no ha arraigado ese deseo de hacer jaque mate a toda costa, y tarde lo que tarde.

Porque lo que en realidad me apasiona de este antiquísimo juego es la manera de crear estrategias, todas distintas y todas novedosas, con un número limitado de piezas y, se supone, un número limitado de movimientos. Por eso, nunca dos partidas de ajedrez son iguales; y por eso, ningún jugador de ajedrez se puede permitir el lujo de jugar dos veces de igual forma, sólo porque la primera haya sido el vencedor. Y aplicar esa máxima a la vida diaria, es lo que de verdad me resulta atrayente, a veces hasta absorbente, diría yo.

Aunque hace mucho tiempo que juego ajedrez, no soy uno de esos frikis que conocen su historia, su evolución, a ajedrecistas famosos, y están al loro de todas las novedades, concursos y noticias sobre el juego. De hecho, me gusta bastante realizar partidas a solas, conmigo mismo como contrincante, y examinar a fondo y con todo el tiempo del mundo cada jugada y cada movimiento. En realidad, casi podría decirse que el friki soy yo; y el único sentido de esto es que, una vez me levanto de la mesa de ajedrez, pueda usar todo lo que he aprendido para hacer que mi vida discurra todo lo que se pueda a mi antojo, avanzando y retrocediendo con movimientos calculados ante cualquier cosa que me proponga.

No se puede decir que sea el mejor estratega del mundo, ni que sea un crack del ajedrez ganando todas mis partidas; pero lo que nadie puede negar es que nunca hago un movimiento sin habérmelo pensado muy bien, tanto en el tablero como en la vida. Porque sí, amigos, a mí también me gusta ser el que da jaque mate.

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